del pino viajero
Quisiera mostraros la luz perdida. La sombra del atardecer de un ser querido. El misterio del regreso de los mejores momentos vividos. El final del largo camino. La esencia de la auténtica verdad.
lunes, 14 de noviembre de 2011
martes, 25 de octubre de 2011
domingo, 16 de octubre de 2011
domingo, 21 de agosto de 2011
AQUELLOS QUE NOS AMAN
" Aquellos que nos aman
nos dejan encontrar nuestro propio camino "
José Sarria
nos dejan encontrar nuestro propio camino "
José Sarria
domingo, 10 de julio de 2011
CONGOJAS DE VERANO
En el principio del verano hay siempre una sensación
de incertidumbre cronológica, como si uno no supiera
exactamente qué verano está comenzando, si el de este
año o el de hace una década, o uno de aquellos veranos
anchos y eternos de la infancia, que eran veranos grandes
como casas de campo recordadas después de una sola visita.
Al principio del verano el adulto pueda auscultar dentro
de sí una ilusión de ligereza que en realidad no le pertenece
a quien es ahora mismo, sino al niño que hace mucho tiempo
disfrutaba de las primeras mañanas sin escuela.
Y si a ese estado de ánimo se contrapone una cierta melan-
colía no explicada es porque también nos queda de la
infancia la congoja ante las despedidas y el final de cur-
so y el miedo al porvenir que sin darnos mucha cuenta se
nos insinuaba entonces.
Las dimensiones temporales de la infancia son tan desmesu-
radas como las del espacio; si un patio breve y empedrado,
con una parra y un pozo, podía ser el jardín de los veranos
del Edén, la distancia entre el final de junio y de la
escuela y la mitad de septiembre adquiría una extensión
sin limites. Ahora está de moda suponer que los niños son
tontos y felices, y que viven en una reserva inaccesible
a las emociones adultas, pero lo cierto es que quien tenga
un poco de memoria puede constatar que en la infancia hay
severos estados de melancolía y trances de interrogación
angustiosa sobre el tiempo, la vejez y la muerte. Por
eso, al terminar la escuela e ingresar en las amplitudes
de juegos, aburrimientos y haraganería del verano, el niño
intuye con tristeza que el tiempo está hecho de límites,
de lejanías y de despedidas sin regreso, y como no sabe
de literatura ni es proclive a desahogarse en confesiones
sentimentales se queda para él solo esos estados de ánimo,
los guarda en su corazón y allí permanecen intactos para
volver a conmoverlo fielmente y monótonamente cada princi-
pio de verano, cada vez que en un balcón o una ventana
abierta haya una claridad fulgurante de mañana de julio
y en el interior dure todavía algo de la penumbra fresca
del amanecer.
Tal vez también el regreso del verano, el de cada estación,
nos emociona porque nos permite aliviar la línea recta y
despiadada de la cronología moderna. Cumplimos años y
sabemos que estamos viviendo en una dirección irreversible:
no habrá otra infancia ni otra adolescencia, y el día y el
minuto que acaban de pasar no volverán nunca. Pero como las
estaciones vuelven, como se repiten cada año, nos permitimos
la sensación arcaica de que también el tiempo que dábamos
por perdido regresa con la lentitud circular con que re-
gresaban para nuestros abuelos las tareas del campo.
Escribo frente a un balcón abierto, en un calle de poco
tráfico en la que se escucha, a esta hora de la mañana,
las voces de la gente. Escribo una mañana de principios
del verano de 1995, pero esas voces que oigo parece que las
estoy oyendo en cualquier otro verano de mi vida, en un
verano inalterable que es a la vez de mi infancia y de mi
edad adulta. Los silbidos de las golondrinas concuerdan
como una música con la temperatura matinal y con la voz
de un afilador o un ropavejero que pasa por esta calle de
Madrid como si pasara, ahora mismo y hace treinta años, por
una calle de Úbeda, no asfaltada, desde luego, sino con un
pavimento de tierra dura o de empedrado, fresco aún por
el agua con lo que lo habían rociado las mujeres.
Dice Stendhal en un pasaje de su diario que el arte es una
promesa de felicidad. Lo dice refiriéndose a los minutos
previos al comienzo de una función de ópera en la Scala
de Milán, a la excitación de la música inminente y de las
mujeres muy escotadas en los palcos. Eso es también el
verano al principio, cuando aún quedan en el clima una
cierta clemencia y las mañanas no son ya sofocantes,
cuando el niño aún goza la euforia de no ir a la escuela
y no ha sido abatido por el tedio, cuando uno sale temprano
y en una plaza recién regada y rumorosa de copas de
árboles se acuerda de ese paisaje tan raro del Génesis en
el que Dios se pasea tranquilamente al fresco del Jardín.
Llegará enseguida el otro verano, el de la pura realidad
y el presente, el de la Operación Salida y los millones
de cuerpos en las sartenes de las playas, el del alquitrán
y el desierto, el de las paellas horribles en chiringuitos
de cemento y cañizo y los programos subnormales de la
televisión. Para salvarse de él no hay más refugio que la
la isla secreta de los veranos sin tiempo de la infancia,
de esos veranos instantáneos que nos suceden a veces en la
hora más limpia de una mañana de finales de junio.
Antonio Muñoz Molina " La Huerta del Edén"
de incertidumbre cronológica, como si uno no supiera
exactamente qué verano está comenzando, si el de este
año o el de hace una década, o uno de aquellos veranos
anchos y eternos de la infancia, que eran veranos grandes
como casas de campo recordadas después de una sola visita.
Al principio del verano el adulto pueda auscultar dentro
de sí una ilusión de ligereza que en realidad no le pertenece
a quien es ahora mismo, sino al niño que hace mucho tiempo
disfrutaba de las primeras mañanas sin escuela.
Y si a ese estado de ánimo se contrapone una cierta melan-
colía no explicada es porque también nos queda de la
infancia la congoja ante las despedidas y el final de cur-
so y el miedo al porvenir que sin darnos mucha cuenta se
nos insinuaba entonces.
Las dimensiones temporales de la infancia son tan desmesu-
radas como las del espacio; si un patio breve y empedrado,
con una parra y un pozo, podía ser el jardín de los veranos
del Edén, la distancia entre el final de junio y de la
escuela y la mitad de septiembre adquiría una extensión
sin limites. Ahora está de moda suponer que los niños son
tontos y felices, y que viven en una reserva inaccesible
a las emociones adultas, pero lo cierto es que quien tenga
un poco de memoria puede constatar que en la infancia hay
severos estados de melancolía y trances de interrogación
angustiosa sobre el tiempo, la vejez y la muerte. Por
eso, al terminar la escuela e ingresar en las amplitudes
de juegos, aburrimientos y haraganería del verano, el niño
intuye con tristeza que el tiempo está hecho de límites,
de lejanías y de despedidas sin regreso, y como no sabe
de literatura ni es proclive a desahogarse en confesiones
sentimentales se queda para él solo esos estados de ánimo,
los guarda en su corazón y allí permanecen intactos para
volver a conmoverlo fielmente y monótonamente cada princi-
pio de verano, cada vez que en un balcón o una ventana
abierta haya una claridad fulgurante de mañana de julio
y en el interior dure todavía algo de la penumbra fresca
del amanecer.
Tal vez también el regreso del verano, el de cada estación,
nos emociona porque nos permite aliviar la línea recta y
despiadada de la cronología moderna. Cumplimos años y
sabemos que estamos viviendo en una dirección irreversible:
no habrá otra infancia ni otra adolescencia, y el día y el
minuto que acaban de pasar no volverán nunca. Pero como las
estaciones vuelven, como se repiten cada año, nos permitimos
la sensación arcaica de que también el tiempo que dábamos
por perdido regresa con la lentitud circular con que re-
gresaban para nuestros abuelos las tareas del campo.
Escribo frente a un balcón abierto, en un calle de poco
tráfico en la que se escucha, a esta hora de la mañana,
las voces de la gente. Escribo una mañana de principios
del verano de 1995, pero esas voces que oigo parece que las
estoy oyendo en cualquier otro verano de mi vida, en un
verano inalterable que es a la vez de mi infancia y de mi
edad adulta. Los silbidos de las golondrinas concuerdan
como una música con la temperatura matinal y con la voz
de un afilador o un ropavejero que pasa por esta calle de
Madrid como si pasara, ahora mismo y hace treinta años, por
una calle de Úbeda, no asfaltada, desde luego, sino con un
pavimento de tierra dura o de empedrado, fresco aún por
el agua con lo que lo habían rociado las mujeres.
Dice Stendhal en un pasaje de su diario que el arte es una
promesa de felicidad. Lo dice refiriéndose a los minutos
previos al comienzo de una función de ópera en la Scala
de Milán, a la excitación de la música inminente y de las
mujeres muy escotadas en los palcos. Eso es también el
verano al principio, cuando aún quedan en el clima una
cierta clemencia y las mañanas no son ya sofocantes,
cuando el niño aún goza la euforia de no ir a la escuela
y no ha sido abatido por el tedio, cuando uno sale temprano
y en una plaza recién regada y rumorosa de copas de
árboles se acuerda de ese paisaje tan raro del Génesis en
el que Dios se pasea tranquilamente al fresco del Jardín.
Llegará enseguida el otro verano, el de la pura realidad
y el presente, el de la Operación Salida y los millones
de cuerpos en las sartenes de las playas, el del alquitrán
y el desierto, el de las paellas horribles en chiringuitos
de cemento y cañizo y los programos subnormales de la
televisión. Para salvarse de él no hay más refugio que la
la isla secreta de los veranos sin tiempo de la infancia,
de esos veranos instantáneos que nos suceden a veces en la
hora más limpia de una mañana de finales de junio.
Antonio Muñoz Molina " La Huerta del Edén"
miércoles, 27 de octubre de 2010
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